CUENTOS DE /
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"ART-Metal, Cultura & Lectura"
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martes, 12 de enero de 2016
domingo, 1 de abril de 2012
Crecer sin Dios ´ (Poesía) / Opera Mund1´
...¿pOr qu´3 Crecer sin Dios ....???
Blog De Poesía Altamente RecomendadO.
..??? Click en la imagen
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El ángel
POR Óscar Garduño Nájera
Tampoco era nada fácil soportar los reclamos de los vecinos por el ruido,
por las peleas a gritos, por las fiestas que casi todos los fines de semana
se daban en el departamento ........ (Click en la imagen)
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...´¡Cerré la puerta, giré hacia un costado
y ella sólo sonreía!.
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DescargaBurzum - Umskiptar (2012) CLICK en la imagen
El trabajo más reciente de
sábado, 31 de marzo de 2012
Manufactured Romance / A Fresh Selection
...pasión, no moda.
un click en la distancia ....
Underground A Descarga / Click en la imagen
Quería escribir algo esa noche, cerró su libro,
y durmió para siempre, fue una muerte triste,
no dijo lo último que pensaba.
¡Cuentos Cortos!.
lunes, 21 de noviembre de 2011
"Francisca & La Muerte"
...Al poeta compañero
3 y amigo moldavo;
Petru Zadmprn, quien
me contó esta respuesta
de su mamá.
--Santos y buenos días --dijo la muerte, y ninguno
de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía
la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero
y su mano amarilla al bolsillo.
--Si no molesto--dijo--, quisiera saber dónde
vive la señora Francisca.
__Pues mire --le respondieron, y asomándose a
la puerta, señaló un hombre con su dedo rudo de labrador:
__Allá por las cañas bravas que bate el viento,
¿ve? Hay un camino que sube la colina.
Arriba hallará la casa.
"Cumplida está", pensó la muerte y dando
las gracias echó a andar por el camino aquella
mañana que, precisamente, había pocas nubes
en el cielo y todo el azul resplandecía de luz.
Andando pues, miró la muerte la hora y vio
que eran las siete de la mañana. Para la una
y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista
cumplida ya la señora Francisca.
"Menos mal, poco trabajo, un solo caso",
se dijo satisfecha de no fatigarse la muerte
y siguió su paso, metiendose ahora por el camino
apretado de romerillo y rocío.
Efectivamente, era el mes de Mayo y con los
aguaceros caídos no hubo semilla silvestre ni brote
que se quedara bajo tierra sin salir al sol.
Los retoños de las ceibas eran pura caoba transparente.
El tronco del guayabo soltaba, a espacios,
la corteza, dejando ver la carne limpia de la madera.
Los cañaverales no tenían una sola hoja amarilla.
Verde era todo, desde el suelo al aire y un olor a vida
subiendo de las flores.
Natural que la muerte se tapara la nariz. Lógico
también que ni siquiera mirara tanta rama llena
de nido, ni tanta abeja con su flor.
Pero, ¿qué hacerse?, estaba la muerte de paso por aquí,
sin ser su reino.
Así, pues, echó y echó la muerte por los
caminos hasta llegar a casa de Francisca:
__Por favor con Panchita --dijo adulona la muerte.
__Abuela salió temprano --contestó una nieta
de oro, un poco temerosa aunque la parca
seguía con su trenza bajo el sombrero
y la mano al bolsillo.
__¿Y a que hora regresa? --preguntó.
__¡Quién lo sabe! --dijo la madre de la niña--.
Depende de lo quehaceres. Por el campo
anda, trabajando.
Y la muerte se mordió el labio. No era para menos
seguir dando rueda por tanto mundo bonito y ajeno.
__Hace mucho Sol. ¿Puedo esperarla aquí?
__Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede
que ella no regrese hasta el anochecer o
la noche misma.
"¡Contra!", pensó la muerte, "se me irá el tren
de las cinco. No; mejor me voy a buscarla".
Y levantado su voz, dijo la muerte:
__¿Dónde, al fijo, pudiera encontrarla ahora?
__De madrugada salió a ordeñar. Seguramente
estará en el maizal, sembrando.
__¿Ydónde está el maizal? --preguntó la muerte.
__Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.
__Gracias --dijo seca la muerte y echó
a andar de nuevo.
Pero miró todo el extenso campo arado y no
había un alma en él. Sólo garzas.
Soltóse la trenza la muerte y rabió:
"¡Vieja andariega, dónde te habrás metido!"
Escupió y continuó su sendero sin tino.
Una hora después de tener la trenza ardida
bajo el sombrero y la nariz repugnada de tanto olor
a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante:
__Señor, ¿pudiera usted decirme dónde está
Francisca por estos campos?
__Tiene suerte --dijo el caminante--, media hora
lleva en casa de las Noriegas.
Está el niño enfermo y ella fue a sobarle el vientre.
__Gracias --dijo la muerte como un disparo
y apretó el paso.
Duro y fatigoso era el camino.
Además ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado,
sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie
sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura,
que se pierde la mitad del esfuerzo.
Así por tanto, llegó la muerte hecha una lástima
a casa de las Noriegas:
__Con Francisca, a ver si me hace el favor.
__Ya se marchó.
__¡Pero, cómo! ¿Así, tan de pronto?
__¿Por qué tan de pronto? --le respondieron--,
Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya lo hizo.
¿A que viene extrañarse?
__Bueno..., verá --dijo la muerte turbada--,
es que siempre una hace su sobremesa en todo, digo yo.
__Entonces usted no conoce a Francisca.
__Tengo sus señas --dijo burocrática la impía.
__A ver; dígalas --esperó la madre.
Y la muerte dijo:
__Pues..., con arrugas; desde luego ya son
sesenta años...
__¿Y qué más?
__Verá..., el pelo blanco..., casi ningún diente
propio..., la naiz, digamos....
__¿Digamos qué?
__Filosa.
__¿Eso es todo?
__Bueno..., por demás nombre y dos apellidos.
__Pero usted no ha hablado de sus ojos.
__Bien, nublados..., sí, nublados han de ser...,
ahumados por los años.
__No, no la conoce --dijo la mujer--.
Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo
en la mirada. Ésa, quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba
ahora indignada, sin preocuparse mucho por la mano y
la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron
que estaba Francisca a un tiro de ojo de allí,
cortando pangola para la vaca de los nietos.
Mas, sólo vio la muerte la pangola cortada y nada de
Francisca, ni siquiera la huella menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies
hinchados dentro de los botines enlodados
y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj
y consultó la hora:
__¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible!
¡Se me va el tren!
Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.
Mientras, a dos kilómetros de allí,
escardaba de malas hierbas Francisca el jardincito
de la escuela. Un viejo conocido pasó a caballo y,
sonriéndole, le tiró a su manera el saludo cariñoso:
__Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó asomando medio cuerpo
sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:
__¡Nunca!
--dijo--,
¡siempre hay algo que hacer!.
(Onelio Jorge Cardoso)
...extracto del Libro:
NARRACIONES FANTASTICAS "ANTOLOGIA"
( TRUJILLO, GABRIEL / ALFAGUARA )
La lección fundamental de la literatura
fantástica es enseñarnos que el mundo interior,
el de cada uno de nosotros, es un espacio
donde todo puede suceder milagros,
portentos, actos heroicos si lo alimentamos
con nuestra propia imaginación.
En estos relatos, la fantasía no da explicaciones
de más aparece tal cual y de inmediato
ya estamos en pos de su misterio,
a la zaga de las aventuras que se suceden unas a otras.
Cada uno de estos relatos expone ante ti,
lector, una historia relevante,
refleja una visión de ti mismo y de la condición afinar
el oído, abrir bien los ojos
y dejarse llevar por lo insólito,
lo inesperado,
lo prodigioso.
jueves, 29 de septiembre de 2011
DIALOGO INTERNO
Son casi las 3:0 am y sigo sin dormir, pase de una postura derrotada en mi escritorio a una figura sombría sobre la cama, de la cama al sofá y del sofá a una tormentosa locura nocturna quemando intensamente lo que quedaba de una noble mirada, puedo escuchar respirar a los vivos de forma alucinante provocándome repulsión, maldigo los muros que tendrían que protegerme incluso de mi sonido, ahora me encuentro mirando una cortina vieja la cual me recuerda que no soy el único habitante deteriorado de esta casa remedo de lo que fue en los sueños del arquitecto estelar y en mi memoria olvidada que ocasionalmente se manifiesta como aquel fantasma del tiempo, etapa en la que la mejor noticia era saber que podría morir algún día, algún día es eterno para mi así como quisiera lo fuera aquella pacifica oscuridad ornamentada por una destello digno de un diosa propinado por un singular guardián nocturno en quien confío mi alma si es que todavía existe en alguna parte de mi para auxiliarme en mi descanso eterno, simplemente no puedo dejar de pensar en la posibilidad de mi muerte y no me explico por qué no llega ¿qué tanto mi piel tendrá que caer y mis huesos lastimarse para poder vivir? Seguramente es un complot divino, si, tiene que ser eso un juego para las deidades que jalan mis lazos en esta dimensión ya puedo imaginarlos riendo sin control y disputando por quien propina más dolor, oh simplemente nada es como se piensa, no tendría que pensarse a menos que quieras agonía y sufrimiento por la humanidad. Otra vez amanece y no quiero que pase, ¿Qué hacer? y si solamente por hoy abro esa vieja cortina, nunca lo eh intentando, ¿podría ser relevante acaso? solo hoy podría ¿cambiaria algo en mi? es la interrogante más grande pero ahora ya no quiero respuestas quizá mañana decida.
Carrasco Lugo Martin E.
"DAGON "
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa algunas. El tiempo se mantenía bueno, y durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco, o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto como a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones, y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche, especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante, cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemonio.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
(H. P. LOVECRAFT)
viernes, 12 de agosto de 2011
El Surgimiento Del Ser / / Mabinogion - Relatos Galeses.
"!.´
¡El alma, sábelo, es indestructible
y se expande por doquier!
No puede jamás ser detenida,
decrecer o cambiar en forma alguna.
Sólo éstas, nuestras formas temporales
-en las cuales mora el espíritu inmutable,
inmortal, infinito- son perecederas…
Quienes no conocen la verdad, podrán afirmar:
“He matado!” o pensar: “¡He muerto!”.
Pero el alma no puede matar;
el alma no puede morir.
y se expande por doquier!
No puede jamás ser detenida,
decrecer o cambiar en forma alguna.
Sólo éstas, nuestras formas temporales
-en las cuales mora el espíritu inmutable,
inmortal, infinito- son perecederas…
Quienes no conocen la verdad, podrán afirmar:
“He matado!” o pensar: “¡He muerto!”.
Pero el alma no puede matar;
el alma no puede morir.
En un sitio en lo recóndito de la imaginación se encuentran dos habitaciones que están conectadas la una con la otra únicamente por un espejo, ninguna cuenta con puerta, tan solo una ventana al fondo de cada una de ellas, y así mismo dentro una persona.
La primera de ellas es clara, cálida, la luz entra por la ventana e ilumina todo a su alrededor, se respira un ambiente de paz. No hay muebles, tan solo una pequeña cama en la esquina, una cama de sabanas blancas tan limpia y resplandeciente como la nieve. La persona que se encuentra en esta habitación es un ser de luz, posee una gran inteligencia, también es un ser espiritual, muy avanzado para ser comprendido por la humanidad, le gusta mirar por la ventana en las noches y estudiar las estrellas.
La mayor parte del tiempo se encuentra meditando, a pesar de no tener nada mas que a si mismo el se siente plenamente feliz, plenamente completo. El es delgado, posee una silueta estilizada, su cabello brilla como el mismísimo sol, su piel es blanca y tersa, si el mundo pudiera llegar a conocerlo, de inmediato lo compararían con un ángel, es un ser hermoso, como hermosa es la vista por esa ventana, donde se encuentran todas las maravillas del universo, el es parte de este hermoso universo, parte de este equilibrio, de esta paz, es un mundo perfecto donde los grandes sabios y soñadores quisieran vivir.
Del otro lado del espejo la otra habitación es tan fría, tan obscura, luce tan tétrica que ni siquiera los demonios se atreverían a entrar ahí. Al igual que la otra habitación no cuenta con nada, tan solo con una cama, una cama de madera putrefacta, con sabanas de carne plagada de gusanos.
La ventana tiene telarañas a su alrededor, los vidrios están llenos de polvo, si se pudiera ver atreves de ella, lo que se vería seria tan atormentante que la humanidad entera moriría, en el instante en el que lograra ver atreves de aquella sombría ventana.
El ser dentro es un ser obscuro, aterrador, posee un cuerpo grande y torpe. Esta inconforme con su modo de vivir se siente inconforme con todo, con el mismo, con su manera de vivir, con su creador.
La mayor parte del tiempo esta sentado blasfemando, afilando sus inmensas garras, esta lleno de odio, de ira, ningún ser seria capaz de vivir en semejante catacumba.
Su piel es dura y áspera, con protuberancias que figuran espinas, sus dientes afilados, amarillentos y retorcidos. Posee nudillos mas duros que cualquier metal conocido en el universo. Siempre se encuentra gritando, haciéndole heridas a su cuerpo, creando sus propios demonios aniquilandose poco a poco.
Enfadado con su vida golpea la pared de su estancia tan fuerte que el impacto lo hace caer al suelo; del otro lado el ser de luz escucha el golpe y se pregunta que podrá ser, por primera vez se pregunta que puede haber afuera de su mundo, si existirá algo detrás de ese espejo. Termina su meditación y se pone de pie frente al espejo, un espejo tan delgado que si el viento pudiera entrar el mínimo rose lo derribaría, el lo toca con la punta de su dedo y el espejo comienza a quebrarse a convertirse en luz, uno a uno van desapareciendo los pedazos.
Del otro lado el ser obscuro se enfada y comienza a golpear el espejo, un espejo que parece ser mas grueso que el mismísimo planeta, lo sigue golpeando parece no romperse, lo golpea con mas fuerza sus nudillos comienzan a sangrar y apenas una grieta logra en el espejo crear. Asi continua durante horas, sus manos están echas añicos pero finalmente uno a uno comienzan a caer las partes del espejo, grandes bloques pesados que al caer pareciera un inmenso terremoto.
Al caer ambos espejos, finalmente se conectan los dos mundos los seres se encuentran frente a frente, se extrañan los dos por ver forma tan inimaginable, los dos toman sus manos, comienzan a ser uno mismo, se complementan, se elevan por el universo, fuera de sus habitaciones, en las que han vivido durante eternidades, finalmente son un solo ser, un nuevo ser.
Nuevamente cae en la habitación que también es una misma donde ahora existe la obscuridad y la luz, lo agradable y lo desagradable, ahora comprende lo que verdaderamente es el existir, lo que todo el mundo conoce como la “REALIDAD”, contemplan el verdadero SURGIMIENTO DEL SER……..
[ Jair Soto Torres ]
Caperucita y el hombre lobo del bosque
POR Terri Windling
cLICK EN LA IMAGEN
quienes, junto con las brujas, vivían en el bosque y conocían la sabiduría
y la magia de la naturaleza. Inicialmente, Caperucita Roja es una narración
sobre el tránsito de la niña a la mujer
DESCARGA - Click en la imágen_OBRA EN CASTELLANO .DOC
Vino a visitarle la Muerte por segunda vez y se fue sin su alma. Se sentía sola y le gustaba su conversación.
( narratuit cuenta cuentos )
no lamentan la suerte de quienes viven
ni de quienes han fallecido.
Ni tú ni yo, ni ningún otro ser…
jamás ha dejado o dejará de ser…
siempre y para siempre.
Todo cuanto vive, vive eternamente.
Así como el cuerpo humano
experimenta la infancia, la juventud y la vejez,
así también el alma toma
y abandona sucesivamente
diversas moradas físicas, una y otra vez.
Los sabios conocen esta verdad
y no temen a la muerte.
Anoche me visitó la Muerte. Estaba bebiendo. La osesa dama se sentó a mi lado, pidió un vaso y me acompañó.
No negaré la perturbación de los primeros minutos. Pensé: ("No estoy preparado para el viaje"). Tuve la tentación de implorar por unos años más. Decirle: ("No me lleves. Aún me faltaban muchas cosas por hacer") Pero la idea era grotesca y necia. No pude encontrar ningún argumento realmente significativo para fundamentar mi ruego. Luego me dije: ("Esto no es más que delirio... Alguna clase de insensatez. A fin de cuentas, cualquier instante es propicio para morir. Y, por tanto, adecuado. Y, en consecuencia, necesario"). Por otra parte, espero la visita de la muerte desde hace algún tiempo. Decidí controlar el miedo y me tranquilicé.
Fue curioso e infinitamente ameno el platicar con la inmortal. A sus palabras, unía imágenes. Y a las imágenes, sonidos. Y a los sonidos, ciertas formas en volumen, como hologramas que, a ratos, parecían nebulosas y, a ratos, realidad. Así, el diálogo se transformaba en una especie de teatro total en donde, simultáneamente, presenciaba la acción y era parte de ella.- Beber acompañado es mejor que sentir la soledad - dije -. Respondió:
- ¡Ah ... Hermanito ... ¿Qué sabes tú de soledad? ... ¿Has visto, alguna vez, cruzar las centurias, simultáneamente, frente a tus ojos, como vorágine inexorable y sin sentido?... Los lentos milenios desbaratando sueños... A veces sueños fascinantes. ¡Con cuánta complacencia los habría compartido! ... ... Progresivamente fui entendiendo el engaño que acepté: En los primeros días se trataba de un puñado de humanos: los iba a terminar con prontitud, ¡Uno o dos siglos no tenían ninguna importancia!... A cambio, habría gozado de todo el universo, ilimitado, pletórico, mío para siempre. Pero el mío es un trabajo sin consumación posible. Nada puedo hacer para volver atrás. Y cuando me pongo a pensar en el tiempo que todavía falta... ... Tengo la manía de contar, cada día, el número de humanos recolectados... Ellos terminan y descansan... Más tarde viene el silencio... Para el finado y para mí... ¡Jamás una palabra! ... En ninguna ocasión una compañía... Alguien que te diga lo que siente, o sueña... ¡Y me hablas de soledad! ... ... Pero - suspiró - ¡A un lado las tristezas!
Entonces empezó el jolgorio. Me contó de su nacimiento, al día siguiente del tonto y delicioso error de Eva (la de Adán). (Efectivamente lo de la manzana y la serpiente es símbolo. Las cosas fueron de otra manera, pero el significado es el mismo: Ellos inauguraron la historia: Esa altiva porfía por construir día con día una humanidad).
- Esa fue mi peor faena - dijo -. La más abyecta. Verás, no tenía práctica. No lo había hecho nunca antes. Y ellos eran tan... ... tan increíblemente puros. Y hermosos. Creo que los amé. Cuando los suprimí, de mis cuencas vacías cayeron un par de lagrimones de tristeza... Nunca más he vuelto a llorar.
Me relató casos de hombres y mujeres sorprendidos en situaciones extravagantes: Un general decimonónico, tremendamente cuidadoso de su imagen pública. Para agradar a su amante, aquella tarde se vistió con ropas de niño: un pantaloncito corto y una blusa de marinero. La dama puso en sus manos una sarta de globos multicolores. El general los levantaba mientras la mujer le abría la bragueta para que tomara oxígeno su verga anciana. Le manipuló, incansable: Chupó, mordisqueó, acarició, fregó suavemente y con fuerza, pero no conseguía encumbrar el volantín; entonces el corazón del hombre reventó, no sin antes eyacular una última gota de semen... Si hubieras visto, Hermanito, el rostro de las autoridades y familiares cuando lo encontraron, en la habitación de un prostíbulo, con su traje infantil, de marinerito... verga afuera... con los globos en sus manos ...
También me relató la muerte de una mujer cuya vida fue austera y casta. Ejemplo de virtud y de modestia a quien tocó con su descarnado dedo cuando acariciaba su sexo con un desmesurado pene de goma:
- ¡Cómo se masturbaba, la muy bestia! Después se necesitaron cuatro horas para volver las carnes a una "normalidad" tal que permitiera continuar afirmando la santidad de la difunta.
La Muerte reía con su voz cavernosa, como estremecido castañetear de huesos. También mis carcajadas hendían los aires de esa noche invernal y se escondían entre las nubes negras del vendaval. Ella dijo:
- Los hombres no son dioses, Hermanito. Nunca entenderán que son criaturas débiles, divertidas y pretenciosas. Ni más ni menos que una gota de agua... o un grano de arena, extraviados en la abrumadora inmensidad de los océanos celestes.
Terminada mi última botella de vino, continuamos con las cinco redomas de cognac envejecido que guardaba para alguna ocasión especial. Más tarde traje a la mesa mi garrafón con diez litros de aguardiente. Esa noche, entrambos inventamos la sed. Y un hambre salvaje por llevar la conciencia hasta los límites inacabados de la creación. En un instante tomó mi mano y la habitación se llenó con imágenes y alegorías de los últimos confines: Era como las geografías insondables del mar: Olas que se levantaban a distintas alturas: De su espuma nacían formas inenarrables, cuerpos diluidos en el burbujeo marino, seres que se arrastraban hasta las dunas y empezaban, una y otra vez, a inventar la existencia. También me llevó hasta el fondo de las aguas. A medida que nos hundíamos se hacía el silencio y la nada. Había quietud. Serenidad. Había la sensación de estar en el único espacio real del universo. Lugar en donde el pensamiento se desenvolvía imperturbable, sin interrupción, mirándose y sabiéndose categórico. Y eterno.
Llegó la primera llamada del alba. La Muerte se levantó y exclamó:
- ¡Padre Dios! ... Una noche completa sin trabajar... No me había ocurrido jamás.
- ¿Cuál hora?- Pues... me llevarás contigo...
Lanzó su última carcajada.
- Hermanito - susurró -. Si te llevara conmigo lo lamentaría... No sabes cómo lo lamentaría... Hasta el último de mis días... que sucederá cuando no subsista hombre alguno sobre este planeta... No podría perdonármelo... (Padre Dios comprenderá... Jamás me había divertido tanto como en esta hermosa noche)
De pie, en el centro de la habitación, meditó por algunos instantes. Luego:- No, Hermanito... No te llevaré... Es más: ¡Jamás te llevaré! ... ? Tal vez en cien o en doscientos años más me dejaré llevar por la tentación de una buena charla regada con magníficos vinos... Hasta entonces no me volverás a ver... ... ¡Te dejo la vida eterna, Hermanito!
Desapareció como había venido: Un silencioso hálito que fácilmente podía confundirse con el lamento de la ventisca.
He dormido dos días seguidos. He descansado. Ya no estoy ebrio. Y no sé qué pensar. Ni qué hacer.
Ruego a todos los dioses que sólo se trate de una pesadilla de borracho. Si no lo fuera... Me espera la totalidad del tiempo... Vacío... Inconmensurable... Eterno. La vida, hasta que el último hombre sobre este planeta haya ido en pos de mi incuestionable amiga.
Empiezo a sentir, dentro de mí y en el entorno, el silencio ominoso de lo absoluto y tengo miedo. La soledad es pavorosa y ha empezado a invadir mi conciencia.Me pregunto si me será posible morir.
(Anónimo)
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